44# Un lugar que ocupar

 



              Tal y como había admitido en su carta a Lord Frederick Beaumont, sus días en Atherton Hall transcurrían para Eleonora en una rutina que ahora era menos tediosa y más gratificante. Pues era cierto que la presencia de la señorita Albansdale había abierto un nuevo mundo de conocimiento. Y sus paseos, a menudo alargados a la tarde con Mary Cooper, llenaban la mente de Eleonora con ideas, conceptos y la alegre dialéctica que tanto disfrutaba. Contaba al fin con la valiosa compañía de amistades sólidas, forjadas en la complicidad intelectual y el respeto mutuo.

​Y de esa manera mantenía su mente rigurosamente ocupada cada hora del día. Planificaba todo con premeditación a fin de evitar lapsos ociosos pues, sabía, daban rienda suelta a pensamientos inoportunos y muy indeseados. 

Cuando no estaba inmersa en libros o en las conversaciones antes mencionadas, y el clima así lo permitía, cabalgaba a Gracie por los campos de Corsham, corría por los senderos del bosque, nadaba con vigor en el estanque cercano o se perdía en los colores de sus acuarelas.

​No obstante, ni la más estricta de las disciplinas podía protegerla de las intromisiones de su realidad. Como aquella noche, en la cena, en que Henrietta decidió volver a la carga. 

"Eleonora, querida, ya no eres una niña. Deberías estar casada. Te presenté a media docena de hombres excelentes, todos ellos mucho más que respetables y adecuados para tan importante empresa" Los comentarios de su prima eran persistentes y cada vez más frecuentes. Y aunque eran bien intencionados, a su manera, la irritaban profundamente. La idea de tener un lugar a ocupar, una propiedad a adquirir, le revolvía el estómago. 

Agobiada y con el espíritu turbado, se excusó temprano y se retiró a sus habitaciones, anhelando la paz del sueño. Sin embargo, la paz no llegó con la oscuridad de la noche. 

Después de semejante agitación, su mente, traicionera y desinhibida, tejió una ensoñación vívida y perturbadora. Se encontró a bordo de un majestuoso barco, surcando aguas exóticas junto a Lord Frederick Beaumont. Pasaron el día explorando, inmersos en debates filosóficos y descubrimientos científicos que la dejaban sin aliento. Y al anochecer, mientras el sol se ponía bajo un derroche de colores  reflejados en el océano, él se dejaba llevar y la abrazaba apasionadamente. Podía sentir el calor del cuerpo masculino contra su camisón de seda, su aliento en su cuello, y un beso en la sien, ligero, tierno y posesivo, que la hizo estremecer hasta lo más profundo.

​Se despertó en mitad de la noche, sudada y alterada, con el corazón latiendo desbocado en su pecho. La imagen de Frederick, tan real, tan tangible, persistía en sus sentidos. Se golpeó la frente con la palma de la mano, murmurando, "¿Te has vuelto loca? ¡Ridícula!" Sentía una furia contra sí misma por sucumbir ante la luna a esos pensamientos que tanto se había esforzado por evitar a la luz del día. 

Pero a pesar del enojo y la indignación, una extraña excitación, una energía inusual, recorría su cuerpo en olas constantes. ¿Qué iba a hacer con su vida? ¿Acaso tenía por delante décadas deseando secretamente al hombre "equivocado", mientras debía fingir interés por cualquier otro que fuese considerado "adecuado" para ella? La pregunta flotaba entre las sombras de su habitación, sin respuesta.

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