35# El último baile
Eleonora se deslizaba ya a paso ligero hacia la salida del salón, el esplendor del lugar empezando a empañarse con la decepción en su corazón. Ya había cumplido y el aire fresco la llamaba, prometiendo un alivio para su sofocación. No obstante, antes de alcanzar la gran puerta, una figura alta y familiar se interpuso en su camino.
"Señorita Atherton, espere por favor", la voz de Lord Frederick, grave y resonante, la detuvo. Él estaba allí, con su alegre chaleco verde y su seria expresión en contraste. "Me gustaría hablar con usted, si me lo permite."
Eleonora cesó en su empeño por salir. El cansancio comenzaba a hacer mella en su paciencia. "Accederé, Lord Beaumont." Dijo volviendo a la formalidad plena que creían haber superado en su relación. "Pero espero oír algo concreto de usted, o me iré sin importarme el escándalo."
La tensión era palpable, pero él solo asintió con una leve inclinación de cabeza. "Le pido me acompañe en el último baile, entonces." Y así, bajo la atenta pero difusa mirada de no pocos invitados, se unieron al compás de la música. Sus manos se encontraron, una formalidad que apenas mitigaba el abismo entre ellos.
"Estuve pensando en nuestra discusión", comenzó Frederick, su voz baja y mesurada mientras seguían los pasos. "No deseo irme de la región estando enemistados. Le pido disculpas por haberla acusado en falso aquella tarde."
Eleonora aceptó las disculpas con una inclinación tímida de cabeza, una mezcla de alivio y recelo. "Las acepto." Dijo sin más.
Él la miró con una expresión que ella no supo descifrar. "Me congratulo de que haya cambiado su comportamiento y se muestre ahora tan comedida."
Un sutil fruncido apareció en el ceño de Eleonora. ¿Cambiar su forma de ser? ¿Recatada? La incomprensión la asaltó. "¿Supone usted que Henrietta ha insistido en ese supuesto cambio?"
Frederick pareció aceptar su suposición. "Lo doy por hecho. Y me agrada que lo..."
"¿Cómo era yo antes, Lord Frederick?", preguntó Eleonora interrumpiendo lo que tuviera que decir, su voz peligrosamente baja, el ritmo del vals una burla a la quietud que sentía por dentro. "¿Para que vea semejante cambio sin que yo haya hecho nada en realidad?"
La respuesta de Frederick fue una estocada helada. "Siento decirle que, en ocasiones, usted habló y actuó con altivez."
"Se equivoca", replicó ella con firmeza, quizá más alto de lo prudente.
"Desde que la conozco", continuó él, impasible, "denoté que llena los días de quienes la rodean de grandes actos de juvenil soberbia injustificada, Señorita Atherton."
La indignación de Eleonora hirvió, pero se contuvo tanto como pudo. "¿Injustificada? Que usted, por su posición, no sepa justificar algo, no significa que carezca de sentido."
La pregunta de Frederick, más propia de quien da tan por hecho sus privilegios que ni los reconoce, la golpeó. "¿Qué posición?"
"Esos grandes actos de soberbia quizá sean gritos de socorro de quien se sabe sin voz para hacer un alegato a su propio favor ante personas como usted", Eleonora bajó aún más la voz, consciente de la incipiente alteración de quienes bailaban cerca de ellos. "Su posición es fácil. Es hombre, duque, rico y viudo. Nadie pensará mal de usted jamás. Pruebe a estar en mi posición y ser objeto de conjeturas como la suya antes de hablar la próxima vez."
Esta vez, Eleonora no esperó. Coincidiendo con las notas finales de la tonadilla, su mano se deslizó de la suya. Se giró y, con la cabeza bien alta, se alejó de la pista de baile, de la música, de la multitud. Se llevó consigo sus disculpas a medias y sus nuevas, y más hirientes, acusaciones. Dejó a Lord Frederick, en el centro de la pista, con la música y el eco de sus últimas palabras.

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