#38 Primeras noticias
Apenas habían pasado unas semanas desde su partida cuando recibió las primeras noticias de Atherton Hall. A Lord Frederick Beaumont le supo a poco. Repasó la breve misiva con el ceño fruncido, no por el contenido en sí, sino por la molesta figura que danzaba, burlándose de él, entre las líneas sin desvelar nada de lo que él quería saber.
La misiva de Harry Atherton era, como siempre, formal y un tanto servil, detallaba un pequeño asunto de cosechas que afectaba a ambas fincas y, relegaba para el final, una petición más personal: el permiso para que su prima, la señorita Eleonora, utilizase las cuadras de Blackwood Manor para montar a Gracie. Pues, los Atherton seguían sin contar con un animal adecuado para ella.
"La señorita Eleonora," murmuró Frederick, la pluma ya entre los dedos lista para responder. La imagen de su último encuentro en el baile, su partida altiva, su reproche final, aún ardía en su pensamiento. No era tan ciego como para no poder reconocer un punto de verdad en sus palabras, pero sus modos... Un comportamiento tan extravagante seguía siendo un defecto irritante en su opinión.
Corriendo por los campos sin aliento, desafiando su autoridad asistiendo a lecciones que no le incumbian, hablando con tamaña osadía a un hombre de su posición... Retomar ahora la idea de que ella montara a Gracie, una yegua de carácter noble pero sensible, con todo lo que sabía ahora de esa muchacha le producia una punzada de preocupación. Pues su actitud era, para él, la personificación de la imprudencia juvenil.
Aun así, era Harry quien lo solicitaba y las normas de cortesía requerían una respuesta afirmativa. Era un gesto menor, una conveniencia para los Atherton, y negarlo sería mezquino por mucho que le atormentara la idea de que la muchacha se hiciera daño por su cesión. Escribió una breve respuesta, concisa y sin florituras, concedió permisos y aseguró dar órdenes a su servicio en Blackwood Manor para facilitar cualquier petición a su familia.
Frederick selló la carta con un golpe seco. La imagen de Eleonora, sin embargo, no se desvanecía. Le irritaba la facilidad con la que ella parecía colarse en sus pensamientos, incluso cuando estaba lejos. Pero no podía permitir que una joven impulsiva perturbara su objetivo, por lo que siguió abriendo sobres.

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