40# Un león enjaulado


            Antes, los parajes entre Blackwood Manor y Atherton Hall, eran su principal vía de escape y aliento. Ahora, más parecían una jaula exquisitamente decorada y sus lindes el término de todo su universo. 

Aunque el aire fresco seguía siendo un reclamo para Eleonora, solo su piel se sentía aliviada por sus paseos, no así su mente. Ésta aún daba vueltas alrededor de palabras vertidas en su contra por chismosos, interesados en su desgracia y familiares asustados por la perdida de su posición social. Bueno, y también debía contar con las palabras de Lord Frederick Beaumont en su tormento. "Altivez", "soberbia injustificada"... Su insolencia aún la irritaba, pero había algo más, algo punzante que le pinchaba en el centro del pecho cuando pensaba en él.

​Porque sí, con frecuencia, al cabalgar a Gracie por los llanos o mientras releía los gastados folios del diario de su madre, pensaba en él. Su mente volaba a Londres, a los grandes círculos sociales que seguramente Lord Frederick estaría frecuentando. 

No tenía certeza al respecto, pero se lo imaginaba en Palacio, ante el Rey, discutiendo con eruditos en grandes despachos, inmerso en proyectos que algún día cambiarían el mundo. Podía verlo con claridad descifrando mapas, planificando expediciones, nombrando nuevos descubrimientos en tierras lejanas. Era muy frecuente en su mente estar ante la imagen de un hombre en la cúspide de su intelecto, haciendo historia. Y en esos momentos la envidia, cruda y amarga, la invadía sin poder remediarlo.

​¿Era acaso justo? Ella misma, Eleonora Atherton, con su mente aguda y su insaciable curiosidad, ¿Tendría ella alguna vez una oportunidad similar? ¿La tendría alguna mujer, cualquiera, por brillante que fuera? No, ninguna mujer sería jamás llamada a investigar en nombre del Rey de Inglaterra. Si apenas podían culturizarse más allá de los bordados, la música, la gestión del hogar y, con suerte, alguna obra de caridad. 

Su mundo, tan vibrante y lleno de matices en su mente, en la realidad se reducía a los dictados de la propiedad y las expectativas sociales. Ni los libros, ni los consejos de su madre le habían proporcionado una guía, un consejo para apaciguar sus ansias de más. Porque ella, Eleonora Atherton ansiaba algo más de la vida. 

Anhelaba muchas cosas que creía nunca tendría. No renunciaba a la familia, a encontrar un amor para siempre, pero ansiaba también la posibilidad de seguir estudiando. No por un título o una posición respetada, sino por el mero hecho de aprender, de no sentirse siempre perdida en un mundo que parecía diseñado para excluirla de todo lo que realmente le importaba.

​Por eso envidiaba a Frederick, porque él era libre. Habría amado y habría perdido, imaginaba Eleonora, era un hombre viudo al fin y al cabo y eso escondía una historia que podía ser triste. Pero la realidad era que él podía ser todo lo que quisiera, y más. Y ella... ella solo podía imaginarlo, envidiarlo, y sentir el peso de su propio destino inalterable. 

La injusticia la ahogaba, y la ironía de sus propias acusaciones de "soberbia" resonaba en su mente. ¿Altivez?, es posible... ¿O quizás era solo el rugido de una leona atrapada en su jaula, deseando escapar y acceder al resto del mundo?

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