39# Desbordante



         Los meses siguientes sumergieron a Frederick en una montaña infinita de trabajo. Londres era una bestia insaciable, y él se entregaba a ella con la disciplina y el rigor que le caracterizaban. 

La gran expedición, y su previa organización, acaparaba cada fibra de su ser. Los detalles eran interminables, todos ellos cruciales: mapas antiguos que revisar en la British Library, instrumentos de navegación que calibrar con precisión en la Royal Society, reuniones interminables en el Almirantazgo y, por supuesto, la selección y formación de un equipo numeroso de especialistas. Geógrafos, botánicos, cartógrafos; todos ellos talentos de primer nivel que embarcarían con él en lo que prometía ser una empresa trascendental.

​De su casa en la ciudad a Palacio, de Palacio a los edificios universitarios u oficiales, y vuelta a empezar. Su carruaje se convirtió pronto en una extensión de su estudio, siempre desbordado de pergaminos y libros. 

Su excitación cada día era más significativa. Realmente existía la posibilidad de un descubrimiento significativo, de añadir conocimiento al mundo y quedar en los anales de la historia. Y ese, podía reconocer, había sido siempre el verdadero motor de su vida. En esos días, las preocupaciones triviales, los dramas sociales o su pasado en la campiña se sentían a años luz de distancia.

​Una tarde, mientras revisaba una pila de mapas en su estudio, un sirviente entró con la correspondencia del día. Entre los documentos oficiales que archivar y las invitaciones sociales que rechazar, un sobre con el escudo de los Atherton, era Harry. 

Frederick lo abrió con cierta indiferencia impostada, esperando otra cuestión menor relacionada con las propiedades y convenciendose de no desear saber más nada.

​Harry, tras las habituales formalidades, causas menores y sus agradecimientos por las concesiones respecto a Gracie,  menciona de nuevo a Eleonora. Esta vez, con una petición de lo más inesperada. Pues, al parecer, Henrietta y Harry admiten haber notado cierta melancolía  en la Señorita Atherton y se muestra preocupado al respecto. 

"Lord Beaumont, creo que su presencia, o quizás sus conversaciones, despertaron en ella una necesidad de aprender que ahora no podemos satisfacer. Tras preguntarle qué podíamos hacer por ella, lo único que tuvo a bien pedir es un nuevo tutor, alguien que pudiera guiarla en sus estudios. Y le aseguro que no le molestaría con semejantes menesteres si no supiese que, con su vasta erudición y sus conexiones en Londres, es la única persona a la que puedo acudir para que me recomiende a un tutor o a una institutriz adecuada para Eleonora..."

​Frederick dejó la carta sobre el escritorio, con sus ojos fijos en el perfil de un mapa de latitudes lejanas pero la mente en un lugar muy diferente. Necesidad de aprender, melancolía, él mismo había sentido ese vacío en su juventud y podía remendar su zozobra con poco esfuerzo. 

La imagen de la Eleonora altiva que había vislumbrado en el baile, la versión apasionada que dejaba entrever cuando asistía a sus lecciones y esta nueva faceta vulnerable se superpusieron en su mente. Era ciertamente... curiosa. ¿Eleonora, una mente ávida de conocimiento?, ¿Y él, el responsable involuntario de despertar esa chispa?, No lo creía posible. 

La solicitud de Harry, a pesar de su naturaleza mundana, había logrado lo impensable: Eleonora Atherton había vuelto a infiltrarse en sus pensamientos, no como una irritación, sino como un enigma que requería una respuesta.

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