30# La confrontación



        La rabia le quemaba y las lágrimas amenazaban con brotar mientras Eleonora abandonaba la mansión. Sus pasos resonaban en el largo y oscuro pasillo de mármol de Blackwood Manor. La humillación era insoportable. "¿Cómo se atrevía a insinuar que su interés en la ciencia no es más que una farsa para perseguir a un marido?" Apretó los puños, sentía la respiración agitada. ¡Ni por todo el oro del mundo volvería a esas clases!

"¡Señorita Atherton!", la voz de Frederick resonó detrás de ella.

"Señorita, por favor"

"Deténgase, se ha dejado la chaqueta atrás". Corría tras ella "Pare, alguien podría oírnos si sigo gritándole".

Eleonora echó a correr, lo único que deseaba era estar lo más lejos posible de él. Sin embargo, sus pasos no podían compararse con las zancadas largas del Lord, que no tardó en alcanzarla, agarrándola suavemente del brazo hasta detenerla.

"¿Me acaba de acusar de mentir para cazar a uno de sus pupilos?", espetó Eleonora, sin rodeos, enfrentando su intensa mirada. De momento obedeció y no levantó la voz,  a la espera de lo que pudiera salir a continuación de sus labios.

Frederick, visiblemente molesto por su confrontación, la soltó. "No la acuso de nada", dijo con voz tensa. "Simplemente, mis clases no son para usted. Pronto podrá volver a pasar las tardes con la señora Cooper. No hay motivo..."

"Usted piensa mal de mí sin haberle dado motivos", le cortó Eleonora, con el corazón encogido por el dolor y la frustración. Él no parecía arrepentido y eso la alteró tanto que no pudo evitar decir lo siguiente. "Pero, ¿no se le ha ocurrido que, si pretendiese encontrar marido, el candidato más ventajoso de la región no sería el joven Finch?"

Frederick se mofó de ella, con una risa amarga. "Señorita Atherton, si se refiere a mí..."

"No me referí a nadie en particular", lo enfrentó ella, con una audacia que la sorprendió a sí misma. "Fue usted quien lo dedujo. Tal vez usted tampoco es tan inocente como quiere aparentar ser, Lord Beaumont".

La última frase lo dejó sin habla, y Eleonora, con la cabeza en alto, continuó su camino hacia su casa, dejando a Frederick en el camino de piedra, solo con sus pensamientos.

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