37# La partida
La luz suave de la mana apenas comenzaba a calentar los pasillos de Atherton Hall, pero Eleonora ya estaba de pie. El día anterior, la confrontación con Lord Frederick le dejaba un sabor amargo, pero no era suficiente como para despertar un arrepentimiento sincero en ella. ¿Cómo podría renunciar a defenderse, a rechazar la reincidencia de un hombre que persistía en faltarle el respeto?
La conversación con Harry, quien le aseguró anoche que había pedido disculpas a Lord Frederick Beaumont en su nombre, solo consiguió que Eleonora rodara los ojos con exasperación. "Por favor, Harry," le había espetado, "eres mi primo, no eres mi guardián."
Con un gesto de impaciencia, se encaminó a los jardines. Necesitaba quemar la energía que amenazaba con colapsar en su interior. A Eleonora le gustaba correr, un hábito poco común para una dama, pero vital para ella. Corría sin técnica, sin pretensión, hasta asegurarse acabar tan alterada, sin aliento y cansada que su mente no pudiese funcionar el resto del día. Era su escape, su forma de silenciar los juicios y las expectativas que la sofocaban. Con el aire fresco en la cara y la tierra húmeda bajo sus pies.
Mientras tanto, no muy lejos de allí, a las afueras de Blackwood Manor, Lord Frederick ultimaba los detalles de su partida. Sus baúles ya estaban cargados en el carruaje, y sus sirvientes se movían con la eficiencia silenciosa que él siempre valoraba favorablemente. Era esa época del año, con el frío penetrando y la temporada social ya terminada en la campiña, cuando siempre regresaba a Londres. La ciudad, con su ritmo frenético, era una promesa de anonimato para un hombre como él.
Blackwood Manor siempre le había resultado opresivo, un recordatorio constante de una insatisfactoria e infeliz vida, una casa marcada por la pérdida de las ilusiones y la fuerza del deber.
Sin embargo, en esta ocasión, una inesperada punzada de nostalgia lo asaltó. Miró su casa, las imponentes fachadas de piedra, los jardines que apenas comenzaban a cubrirse con el rocío matutino. Contrariado experimentó menos deseos de partir de los que se esperaba.
Una imagen fugaz de Eleonora, altiva y hermosa en su desafío, cruzó su mente. Aún así, la costumbre, el deber y su itinerario preestablecido eran más fuertes que su nostalgia. La puerta del carruaje se cerró con un suave golpe. Y con él, Lord Frederick Beaumont se marchó de la región.

Comentarios
Publicar un comentario