34# Celebraciones vacías

       



        El carruaje familiar traqueteaba suavemente por el camino iluminado por antorchas, esperando su turno para dejarlos a las puertas de Blackwood Manor. Eleonora, flanqueada por Henrietta y Harry, caminó en la dirección señalada por el servicio. No pudo evitar pensar en Mary, quien estaría inmersa en el ajetreo de las cocinas.

Al cruzar el umbral del gran salón engalanado, el murmullo de voces, la música vibrante y el tintineo de las copas envolvieron el ambiente. Henrietta y Harry se perdieron casi de inmediato entre grupos de conocidos, dejándola a la deriva. La vista de un sinfín de rostros desconocidos, todos ataviados con sus mejores galas, la hizo sentir ridicula y extrañamente disfrazada de las expectativas de inocencia y virtud que había puestas en ella.

Sus ojos escanearon la multitud, buscando alguna figura familiar. Y entonces lo vio, Lord Frederick Beaumont, en el centro de un corrillo de caballeros de elevada posición, su colorido chaleco destacando bajo el frac oscuro. Su mirada, siempre intensa, se cruzó con ella. Por un instante, creyó ver una chispa de... ¿satisfacción? Sí, definitivamente parecía complacido al verla en su evento. Sin embargo, continuó inmerso en la sucesión de apretones de manos y reverencias que siempre recaen en el perfecto anfitrión. 

Las horas transcurrieron como un sueño borroso. Eleonora conversó educadamente, sonrió cuando era necesario y llegó a bailar hasta dos veces con Benjamin Finch, quien no se separó de ella por mucho tiempo. Su amabilidad era un bálsamo, la hacía sentir una comodidad que no habría sentido sin su presencia, él era un contrapunto a la indiferencia de otros. Con cada nota final de las tonadillas tocadas por el cuarteto o con cada copa de limonada que terminaba, Eleonora sintió cómo la chispa de su expectativa se iba apagando. 

La comprensión llegó con la misma claridad que el resplandor de los candelabros en la noche. Ya había cumplido. Había asistido, había lucido impecable y había mantenido las apariencias. No había razón para quedarse más tiempo y prolongar una espera inútil. Con una sutil inclinación de cabeza a Benjamin y una despedida discreta a Henrietta, Eleonora se dispuso a abandonar el evento. El aire fresco de la noche sería un alivio muy deseado.


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