41# Bandera blanca




            Los días comenzaron a teñirse de un color de rosa con la inesperada, pero muy bienvenida llegada de la señorita Albansdale, su nueva institutriz. Ella era todo lo que Eleonora podría soñar con ser algún día; extremadamente culta, dulce y de modales exquisitos. 

Sus lecciones no eran meras "verdades" escritas por alguna parte interesada en crear una visión concreta de la historia o la realidad, sino debates estimulantes que abrían nuevas puertas y formulaban preguntas en su alumna. Y  ella realmente disfrutaba cada conversación, cada nuevo libro que la señorita Albansdale le presentaba y cada noticia política, social o económica que le traía a colación. Por primera vez en mucho tiempo, Eleonora se sentía menos sola, menos perdida y capaz al fin de responder cualquier pregunta. 

​Una tarde, mientras Eleonora compartía su entusiasmo por una reciente lectura de filosofía griega con su primo, a Harry se le escapó un comentario casual. "Ah, sí, la señorita Albansdale. Lord Beaumont la conoce bien, ¿sabes? Fue él quien la convenció de ser tu nueva tutora y se aseguró de que viniera a vivir al campo. Parece que el Duque tiene buenos contactos en los círculos académicos de Londres. De hecho, me ha escrito recientemente para saber cómo os está yendo a ambas."

​La copa de limonada en la mano de Eleonora se detuvo a medio camino de sus labios. ¿Él? ¿Había sido quien había enviado a la señorita Albansdale? La sorpresa la dejó momentáneamente sin habla. Había creído que su partida en el baile había zanjado cualquier trato, que él la había descartado como una extravagancia pasajera. Esto era muy insólito. 

​No solo no se había marchado enemistado, como había prometido, sino que había tendido un puente, una bandera blanca inesperada en su pequeña guerra personal. Su gesto fue, de repente, una cortesía que iba más allá de lo meramente social. Él, el hombre que la había acusado de altivez, había visto más allá, había comprendido una frustración que Harry apenas había sabido interpretar.

​La imagen de Frederick en su mente comenzó a transformarse. La envidia amarga del pasado, fue sustituida por una creciente admiración. No solo por el poder o la libertad de su posición, sino por la agudeza con la que había percibido su necesidad, y por la discreta amabilidad de su intervención.

Su lugar en el mundo ya no era motivo de celos, sino un logro admirable, un camino que, aunque inalcanzable para ella, ahora la inspiraba de una manera nueva. Frederick Beaumont, el altivo Duque, se revelaba como algo más complejo, más considerado de lo que ella jamás hubiera imaginado.

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