33# Entre algodones


 

        Eleonora se sentó en el suelo de su vestidor, rodeada de un mar de sedas, muselinas y tules que una vez habían brillado en memorables bailes de Londres. El diario de su madre había quedado relegado a ocupar un discreto lugar en su mesita de noche al no hallar en él pistas del color o la seda que mejor sentaba a su progenitora. Al fin y al cabo, había pasado media vida escuchando lo idéntica que era su belleza a la de su madre y esperaba poder sacar rédito de ello, pero, lamentablemente, no sería esa tarde. 

Esa invitación a la fiesta de Lord Frederick era una carga más pesada de lo que su delicado papel aparentaría. Cada vestido que desdoblaba y  cada encaje que acariciaba sus dedos le recordaba una época que ya no volvería y un futuro que se desdibujaba con cada día que pasaba en el campo. ¿De qué serviría todo lo que hacía, decía o llevaba cuando la mayoría de los que la trataban,  la tenían en mala estima? 

Un vestido azul cielo, tan etéreo como un sueño, cayó de sus manos. Demasiado inocente, quizás. Otro, de un suave tono melocotón con bordados de perlas, era demasiado llamativo. No quería parecer desesperada, ni excesivamente exuberante. Y esos guantes de encaje no combinaban con el aire frío que asolaba la región desde hace unos días y que anunciaba el otoño.

"Tengo que llevar algo que hable de quién soy ahora y que evite que me miren mal", murmuró para sí misma, con un nudo en el estómago. "¿Pero quién soy ahora, en realidad?" No era la muchacha ingenua, de colores suaves y bastillas altas, que vivía en Londres y soñaba con el amor. Y evidentemente tampoco volvería a ser la mujer formal y aplicada que asistía elegantemente uniformada a Blackwood Manor y que se enfrentó a Frederick en sus jardines. 

Era, más bien, una mezcla de ambas, forjada en la decepción y el orgullo herido. Quería lucir impecable, no por vanidad, sino para demostrar a Frederick —y quizás a muchos otros también— erraban al juzgarla de frívola y que, bajo esa superficie tan dispar, había una mujer digna del respeto de sus congéneres.

Encontrarse de nuevo con él era algo más que probable y la sola idea de cruzar miradas, o de quizás intercambiar alguna palabra, la llenaba de una mezcla de aprensión y una extraña excitación. ¿Volverían a discutir?, ¿Se atrevería a ignorarla? Su partida era inminente y como no estaba en su naturaleza dejarse envenenar por el resentimiento, tendría como poco, que brindarle sus mejores deseos. 

El sonido suave de la puerta abriéndose interrumpió su monólogo interno. "Señorita, es hora de comenzar con su peinado. La señora Henrietta me ha pedido que me asegure de que luzca usted radiante esta noche." 

Eleonora reconoció, en las palabras de su dama de compañía, la curiosidad que despertaba en su prima, así como el miedo que debía sentir ésta a que la dejara en ridículo otra vez frente a sus amistades. Eleonora suspiró, recogiendo el vestido más cercano, una seda empolvada con sutiles bordados oro y guantes que, quizás, sí. Quizás ese sería el indicado.

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