42# Inoportuna intromisión



Atherton Hall, Corsham. {Primavera 1813}

​A Lord Frederick Beaumont. 

​Espero que esta misiva llegue a sus manos antes de embarcar hacia sus importantes expediciones, pues no tenemos su futura dirección. Han pasado casi cinco meses desde su partida y aún me pregunto si es prudente importunarle con mis insignificancias, pues sé que su tiempo es valioso y dedicado a labores de mayor trascendencia. Le ruego me disculpe si considera inoportuna mi comunicación.

​Sin embargo, no podía resistirme a expresarle mi más sinceros agradecimientos. La llegada de la señorita Albansdale a Atherton Hall ha supuesto una verdadera bendición, un regalo que ha transformado mis días. Y todo gracias a su generosidad. 

Por Harry sé que la presencia de mi muy admirada instructora es fruto de su amable recomendación y también por él sé que ustedes son cercanos desde la infancia. He de suponer que no hace falta que le diga lo inteligente y capaz que es y tampoco que ha superado con creces todas mis expectativas. Pero, aún así, no puedo evitar confesar mi complacencia y reconocer la inmensa gratitud que siento por su previsión y su inestimable ayuda.

​Más allá de los estudios de historia natural a los que, he de admitir, usted me abrió camino con sus elocuentes lecciones, he hallado una nueva fascinación por la filosofía. La dialéctica de la señorita Albansdale me ha llevado a explorar las intrincadas reflexiones sobre la realidad humana y el origen de cosas como los sentimientos o las decisiones. 

Justo ahora debatiremos sobre la naturaleza del amor platónico y la búsqueda de la belleza ideal, un concepto que me intriga profundamente. Me gustaría defender la idea de que existe una conexión más allá de lo meramente terrenal, una afinidad de almas, pero bien sabe un hombre de ciencia como usted, que sin evidencia, solo podemos especular. 

​Mi primo, Harry, le envía sus más cordiales saludos, y desea informarle que, gracias a su generosidad, continúo disfrutando de los paseos con Gracie. Es el caballo más dulce del mundo y, si me lo permite, creo que a ella también le hace feliz verme aparecer en su establo. Sin duda se podría llegar a demostrar la afinidad de almas de un jinete con un caballo tan puro como Gracie.

​Con la esperanza de que su viaje continúe siendo tan exitoso como fructífero, me despido con mis más sinceras consideraciones.

​Atentamente,

​Eleonora Atherton.

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