28# Melancolía

 



        La iglesia del pueblo era un pequeña, construida con piedra caliza, sus muros color miel resplandecían bajo el sol, salpicados por parches de hiedra que trepaban con gracia. Su interior rivalizaba en belleza con el exterior, era un sobrio refugio de grandes cristaleras y disposiciones de madera antigua. Se llevaba a cabo una misa dominical, por lo que el espacio estaba concurrido.

El aroma a incienso y cera flotaba en el aire, mezclándose con el murmullo de las oraciones. Eleonora, sentada sola en el banco de madera fría, intentaba en vano prestar atención al sermón del sacerdote. Sus palabras, sobre el deber y la piedad, se perdían en el resonar de su propia mente, anclada en una imagen muy diferente que se desarrollaba ante sus ojos.

El clérigo, con voz grave y resonante, había dirigido hacía unos minutos una admonición pública a una joven pareja que se uniría en matrimonio la siguiente semana. Sus faltas previas fueron expuestas con celo, recordándoles las severas expectativas de la vida conyugal. Y seguros de que ya había pasado su momento protagónico, se acercaban disimuladamente el uno al otro más de lo que dictan las normas del buen gusto para antes del matrimonio. 

Eleonora, ajena a la vergüenza ajena, observaba a la pareja con una curiosidad que rozaba la melancolía. Las miradas furtivas, el rubor creciente, la forma en que sus manos se buscaban discretamente tras los asientos. Gestos que revelaban una conexión, un afecto que parecía genuino y profundo. Se preguntó si algún día ella encontraría una dicha similar, la seguridad de una unión por amor.

"Un matrimonio por amor", pensó, parecía una quimera inalcanzable en su situación. Las aspiraciones de su prima Henrietta, enfocadas con pragmatismo en alianzas convenientes para ellos, o la imposibilidad de regresar a Londres para buscar un marido de su agrado, eran barreras infranqueables. 

Y, si era honesta consigo misma, ni siquiera en Londres, durante las temporadas de bailes y cortejos, había encontrado a alguien que la conmoviera de tal manera, alguien que despertara en ella el deseo de un futuro compartido. Quizá podría encontrar una excusa para visitar a los conocidos de su familia en Bath antes del invierno y probar suerte en esa región cercana de aguas termales y actividad social en auge. 

Era improbable que fuese a Bath a buscar marido y las ilusiones sobre un porvenir tan improbable eran un lujo que Eleonora, en su innata sensatez, no sabía si podía siquiera permitirse. Cerró los ojos por un instante, el eco de los votos matrimoniales resonando en su mente como una promesa lejana, y para ella, seguramente inalcanzable. Se limitó a suspirar, dejando que el peso de la realidad se asentara en su corazón.


Comentarios

Entradas populares de este blog

3# Distancia

10# J. M. A

5# Rompan filas